Aprovechando las facilidades de los remontes, algunas de estas instalaciones invernales invitan a realizar meteóricos descensos en bici por sus pistas, fuera de temporada.
¿Qué sucede en las estaciones de esquí cuando el manto blanco no cubre sus dimensiones? Normalmente se convierten en lugares fríos -emocionalmente; el invierno pasó, o no llegó-, sin vida, cerrados, en los que resuenan lejanos los ecos del bullicio que allí se concentra durante la temporada de nieves. Sin embargo, semejante infraestructura muerta de la risa durante tantos meses es un lujo demasiado importante como para que perdurase así, tanto económica como filosóficamente. Y, de unos años a esta parte, se les ha encontrado una lógica y fantástica utilidad a las pistas, fuera de temporada: los Bike Parks.
Bike Park, traduciendo el término directamente del inglés, significa Parque de Bici. Y, efectivamente, alguien cayó en la cuenta de que, dadas la orografía accidentada del terreno montañoso y las facilidades de los telesillas y otros tipos de remonte para transportar bicicletas, dichas estaciones tenían pleno potencial para convertirse en auténticos paraísos para varias modalidades de la mountain bike. Fundamentalmente un par de ellas: itinerarios para el ‘cross country’, con subidas y bajadas a través de la naturaleza de los alrededores, por un lado; y, sobre todo, el descenso de vértigo, siguiendo las desnudas pistas otrora cubiertas por la nieve, por el otro.
Dichos remontes acarrean miles de esquiadores cada invierno. Pero el invento es asimismo fenomenal para transportar ciclistas, y sus respectivas bicicletas, ladera arriba, salvando grandes desniveles que después, valiéndose de la propia Ley de la Gravedad, volverán a bajar cabalgando sobre la máquina a pedales, esquivando obstáculos y sintiéndose auténticas flechas. El código de las pistas habilitadas para este menester suele coincidir con el invernal, es decir por colores: desde la verde, muy fácil, a la negra, extrema. Y, una vez abajo… podemos repetir la operación tantas veces como nos apetezca, porque retornaremos arriba sin esfuerzo, para volver a lanzarnos.
Los Bike Parks, que aparecieron hace relativamente poco en Norteamérica y los Alpes, se complementan con otro tipo de actividades ciclísticas, como acotados especializados para el ‘freeride’, o espacios para el ‘four-cross’ (4x), acondicionados para cuatro ciclistas a la vez.
Dos grandes ejemplos a escala planetaria son la estación de Tignes, en los Alpes franceses, y sobre todo la canadiense de Whistler Blackcomb, famosa mundialmente por su gran Bike Park llamado ‘Garbanzo’. Pero poco a poco se fueron extendiendo y ya existen unos cuantos ejemplos a este lado de la cordillera pirenaica, nacidos en el último lustro.
Las oportunidades relacionadas con el pedal de un Bike Park no se suelen limitar al mero uso de las instalaciones. Como es normal, la mayor parte de ellos alquilan diferentes tipos de bicicletas para los usuarios que no deseen o no puedan transportarla desde sus hogares, así como cascos –que son obligatorios- y otras protecciones. Pero, además, suelen ofrecer clases para principiantes, incluso para niños, y la posibilidad de realizar las bajadas más difíciles en compañía de un guía que va orientando a los participantes sobre las dificultades y trampas del terreno.